"Octubre, sabía, claro está, que la acción de terminar una página, de terminar un capítulo o de cerrar un libro, no ponía fin al cuento."
Neil Gaiman, The Sandman
Vago por el reino de Morfeo, Oniros, el Hombre de arena, el Formador, el Príncipe de las historias… Pero un ruido me despierta. Entonces, mi habitación cobra forma: la cama sobre la que yazco, las vagas sombras de los objetos que puedo ver pese a la penumbra, la puerta entreabierta… Tras ella, un hombre. “¿Puedo pasar?”, me dice. Yo suspiro y me siento en la cama. “Claro”, le contesto. Mientras cierra la puerta y se sienta al borde de mi cama, puedo distinguir su silueta. Es muy alto para el tiempo que le ha tocado vivir, y sé que sus ojos son azules, pese a que no distingo nada más de sus facciones. “¿Sabes quién soy?”, me dice. “Por supuesto que lo sé”, le contesto. “¿Por quién me tomas? Tú no estarías aquí de no ser por mí”. El hombre ríe. Es una risa profunda que llena la oscuridad de alegría. “Sí que sabes quién soy”, añade aún sonriendo. Yo alzo una ceja. “Y también sé por qué estás aquí”, añado. El hombre borra la sonrisa con un suspiro y ahora refleja seriedad. “Quiero vivir”, me dice. “No depende de mí que vivas o mueras”, le digo. “No soy yo la que rige tu destino”. “¿Ahora te llamas Destino?”, me pregunta. “Destiny”, repito yo, saboreando el sabor que deja en mi boca el inglés, la lengua materna del hombre. “Sabes a qué me refiero”, argumento. “Y tú sabes a qué me refiero yo”, contraargumenta él. “Quiero vivir ya. No puedo hacerlo sin ti”. “Lo sé”, añado. Entonces, se me ocurre una pregunta: “¿qué piensan de esto tus hermanos?”. El hombre ríe. La oscuridad vuelve a recuperar la alegría. “Se sorprenderán”, asegura. “Pero podrán acostumbrarse. Ya lo han hecho en cuatro ocasiones. Y lo seguirán haciendo hasta que cumplas tu promesa”. Yo suspiro. “Tienes razón”, le digo. “Es hora de que vivas”. Él amplía su sonrisa, satisfecho. “Pero…” añado. “¿Seguirás visitándome?”. “En muchas ocasiones hasta que termines de contar mi historia”, me dice él. “Y después de eso… Si quieres”. “Entonces ha llegado tu hora”, le complazco yo. El hombre se inclina sobre mí. Me da un beso en la frente y me sonríe desde más cerca esta vez. Es cierto, tiene los ojos azules. Después se levanta y antes de cerrar la puerta y que le pierda de vista, añade una advertencia más: “es tu promesa”. “Sí, es mi promesa”, añado en un suspiro ya sola en la habitación. Todo vuelve a quedar vacío. Pienso en la escena vivida y en que al día siguiente comenzaré una nueva historia. Los Hamilton volverán existir y el hombre que me ha visitado podrá vivir, como me ha pedido. Hasta entonces, vuelvo a sumergirme en el reino de Morfeo, Oniros, el Hombre de arena, el Formador, el Príncipe de las historias…